Wojtyła, entre el Muro de Berlín y Asís. El Evangelio que cambia los corazones y la historia

Artículo de Andrea Riccardi 20 años después de la muerte del papa Juan Pablo II. «El 89 y Karol Wojtyła subvierten el paradigma de la Revolución Francesa: la fuerza de los pueblos puede cambiar la historia de manera pacífica»
 
Ayer, en Roma, en el Senado de la República, se celebró el congreso “Veinte años sin Juan Pablo II: el hombre que derribó los muros”, impulsado por la Fundación Alleanza Nazionale. Publicamos el texto de la intervención del historiador Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’Egidio.
 
Wojtyła fue un viento de esperanza no vencida para la Iglesia, Occidente y el Este europeo. En cuanto papa fue protagonista de la guerra fría y de la globalización. Tan solo veinte años después de su muerte no es muy recordado. Cuando murió, a pesar del largo dolor, empezó un sutil y constante redimensionamiento.
David Maria Turoldo, gran poeta cristiano sensible, escribía: “Wojtyła, eres el viento de la esperanza no vencida de las alambradas de Auschwitz y no solo para tu Polonia. Viento de esperanza más allá de todas las fronteras... viento más alto que vuestros orgullos, oh, hombres pasatiempos de infinitos miedos.” Wojtyła fue un viento de esperanza no vencida para la Iglesia, Occidente y el Este europeo.
Fue un joven que creció en la desesperación y la humillación de una Polonia destinada a ser tierra de siervos para el Reich, obispo de Cracovia bajo un régimen comunista opresor y fue elegido Papa el 16 de octubre de 1978, día de conmemoración de la primera gran deportación de los judíos de Roma (por aquel entonces nadie lo recordaba). En cuanto papa fue protagonista de la guerra fría y de la globalización. Veinte años después de su muerte no se le recuerda mucho. Cuando murió, a pesar del largo dolor, empezó un sutil y constante redimensionamiento de varias matrices: demasiado grande, inquietante, expresión de un cristianismo tal vez molesto para «hombres pasatiempos de miedos infinitos», un poco como los del siglo XXI.
Por eso en 2011 escribí Juan Pablo II. La biografía. Juan Pablo está vivo en la devoción al “santo de la familia”, pero nunca ha tenido un lugar en la historiografía. Ha habido pocos estudios tras su muerte. Parece que su dimensión, grande y compleja, no encaje en las medidas del pensar y narrar de ahora. Siento que hablar de él es una oportunidad muy positiva.
Cuando Occidente, en octubre de 1978, descubre al cardenal Wojtyła, este tenía 58 años. Se sentía hijo de la historia polaca, donde resistencia y martirio iban de la mano. Él invitó a los cristianos a descubrir los «nuevos mártires» que –según él– hoy eran tan numerosos como en los primeros siglos. El suyo era un pueblo que la épica polaca sentía como el «Cristo de las naciones» –como decía Adam Mickiewicz, vate nacional.
El joven Karol había vivido un tiempo de dolor con la ocupación nazi, el asesinato de muchos compatriotas, la represión de la Iglesia y de los intelectuales y la masacre de los judíos. Su patriotismo era el recuerdo de una Polonia plural, la de los Jagellones «El espíritu polaco –escribe– en el fondo es la multiplicidad y el pluralismo, y no la limitación y la clausura». Y añadía: «La variedad cultural, étnica y lingüística forma parte del orden constitutivo de la creación y como tal no se puede eliminar».
Fue amigo de los judíos desde su infancia y destacó en un mundo marcado por el antisemitismo. Filosemita, en 1968, cuando el gobierno comunista llevó a cabo una campaña antisemita, visitó la sinagoga de Cracovia, como el primado Wyszyski en Varsovia. En 1986 fue a la de Roma, donde fue recibido por el inolvidable rabino Toaff, y donde habló de los judíos como de los «hermanos mayores» (idea de Mickewicz). En su testamento solo cita dos nombres: su fiel secretario Stanislao y el rebino Toaff, algo que todavía no se ha descifrado plenamente. Sentía que había sido testigo de una historia de dolor con el nazismo: «Los campos de concentración serán siempre los símbolos reales del infierno», dijo en 1976. Pero también de un país y de una Iglesia a los que el comunismo había privado de libertad.  A este respecto escribió: «Un mal de proporciones gigantescas, un mal que se ha servido de las estructuras estatales para llevar a cabo su nefasta obra...». No obstante, una vez me dijo: «No se puede decir que yo no tenga los anticuerpos contra el comunismo, pero Europa ha olvidado demasiado el mal del nazismo».
Tanto dolor no lo había debilitado. Se presentó en la galería de San Pedro siendo Papa con estas palabras: «¡No tengáis miedo!». Era «el viento de la esperanza no vencida». Ante el miedo y la resignación del este, y ante el conformismo desconfiado de Occidente, la respuesta, extraída del Evangelio, fue «no tengáis miedo», que para él era raíz de la audacia. Era integrista a ojos de los católicos democráticos. De estos, pocos comprendieron su valor, que no encajaba con su modelo de sacerdote polaco y sus devociones. Para los tradicionalistas, iba a poner orden en la Iglesia después de Pablo VI.
Debió desconcertar a muchos: era hijo del Concilio, miraba a Pablo VI como a un padre. Escribió en su testamento: «Como obispo que participé en el evento conciliar del primer al último día, quiero confiar este gran patrimonio a todos los que son y serán en el futuro llamados a hacerlo realidad. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor que me ha permitido servir a esta grandísima causa...». Patriota, con una teología del país (que intentaba desarrollar en cada país que visitaba), tenía una visión universalista y no nacionalista, en la que la Iglesia iba «más allá de todas las fronteras» y recomponía la familia de las naciones. Fue dos veces a las Naciones Unidas y estaba convencido de que debía sostener una institución que para él era necesaria.
Su catolicismo era una fuerza de liberación del mal que aprisionaba el corazón, pero también de liberación de los poderes que robaban la libertad a los pueblos. Para él la fe cambiaba los corazones y la historia. El cristianismo para él no era irrelevante en la historia. Pero tampoco era una religión secularizada y política. Desde la Cracovia mitteleuropea sintió el drama de una Europa amputada. Despertó a los polacos de la resignación y se liberaron energías poderosas: para Brzezinski, consejero de Carter, «sin el Papa, su tenacidad, aquella mezcla de moderación y obstinación que son su estilo, muchas de las cosas que se produjeron frente a nuestros ojos nunca habrían empezado a ocurrir».
Trabajó por la liberación del este con sus propias manos. Helmut Kohl, en noviembre de 1989, le decía al historiador polaco Geremek: «Ambos sabemos perfectamente que no viviremos lo suficiente para ver a Alemania reunificada». El 9 de noviembre de 1990 el Muro se agrietó. Juan Pablo II habría recibido el Nobel por la paz si no hubiera sido el Papa de Roma. El 89 y Wojtyła subvirtieron el paradigma de la Revolución Francesa de 1789, madre de tantos procesos revolucionarios, según la cual la revolución no era posible sin derramar sangre. Juan Pablo II dio la vuelta a aquel paradigma y demostró que la fuerza de los pueblos puede cambiar la historia de manera pacífica. Pero no es suficiente la presión de las masas, sino que hace falta un liderazgo, y este fue en buena parte de Wojtyła. Un giro radical para la cultura europea. El 89 no fue mérito de Wojtyła, pero sin él aquella historia no habría sido posible.
Juan Pablo II es el Papa de la vida: publica Evangelium vitae, donde denuncia el eclipse del sentido de la vida, la violencia difusa, el aborto y el desprecio hacia los débiles. Interpreta la catolicidad de la Iglesia como un abrazo a todos, que no considere las fronteras como muros, él que vivió la angustia del Muro. En 1999, sobre los migrantes, afirma que «la catolicidad no se manifiesta solo en la comunión fraterna de los bautizados, sino que se expresa también en la hospitalidad garantizada al extranjero, sea cual sea su religión».
El Papa polaco cree que Europa tiene una posición central en la misión de la Iglesia católica. No es exclusivismo. Sus viajes al sur del mundo quieren incluir países marginales. Repasando los discursos que hacía en cualquier país que visitaba, vemos que apoyaba con inteligencia el sentimiento o la identidad (a menudo frágil) de todo país. Años más tarde, se veía que la gente no había olvidado su visita.
En el Senado italiano hay que recordar la relación especial que tenía con Italia, a la que llamaba su «segunda patria». Fue obispo de Roma y  primado de Italia a fondo, y estaba convencido de que Italia tenía una misión en Europa, en el Mediterráneo y entre el sur y el norte. Por eso –creía– la sede del Papa estaba en Roma. En 1994, en un momento difícil, cuando sentía que la unidad nacional estaba en tela de juicio, convocó una gran oración por Italia y sugirió esta invocación: «Acompaña los pasos de nuestro país, a menudo difíciles pero llenos de esperanza». Había que recomponer el mundo que iba hacia la unificación y que corría el peligro de caer en conflictos entre países, etnias y religiones.
Antes del 89, vio el proceso de globalización y las reacciones que provocaba en los nacionalismos y en los radicalismos religiosos, que más tarde se llamaron «choque de civilizaciones». En 1986 convocó en Asís a los líderes religiosos de todo el mundo con un gesto valiente que suscitó perplejidad y que significó la ruptura con los tradicionalistas de Lefèbvre. Quería evitar la fatal atracción de las religiones a sacralizar la guerra. El inicio de su pontificado casi coincide con el retorno de Jomeini a Irán, en un momento en el que las religiones volvían a ejercer una función pública. En Asís rezaron solo unos junto a otros y aquella oración quería desarmar a las religiones y quería hacer emerger la paz de lo más profundo del mensaje del que eran portadoras. En su mensaje final, el Papa, como si lanzara un movimiento de paz entre las religiones, dijo: la paz “es una obra abierta a todos y no solo a los especialistas, a los sabios y a los estrategas. La paz es una responsabilidad universal: pasa por los incontables pequeños actos de la vida de cada día...”.
En 2000, el filósofo Paul Ricoeur observó un rasgo fundamental del pontificado y le dijo: «... usted ha suscitado un debate pacífico entre las religiones que hay en la faz de la tierra. Guardo un grato recuerdo del encuentro de Asís, al igual que una gran muchedumbre de mujeres y hombres. Este espíritu de apertura se basa en las muy firmes convicciones del hombre de Iglesia que es usted. Estas convicciones no dejan de invitar a sus interlocutores de oración y meditación a estar a la altura de las circunstancias...».
Su apertura a todos, a los jóvenes, a las religiones, a los enemigos y la fidelidad a los amigos se basaban en sus convicciones muy firmes, en una fe cristocéntrica. Olivier Clément, viéndolo rezar, habló de un «boque de oración». A Wojtyła le gusta rezar. El padre Stanislao, repasando su vida llena de encuentros, habla de una «trama cotidiana de su vida espiritual». Místico, pero muy humano, simpático, capaz de tener relaciones afectuosas, sobre todo con los niños, fue el hombre que conoció a más gente del mundo, dijo Ratzinger. Karol Wojtyła encarnó el catolicismo de su tiempo. Reveló –en palabras del teólogo Henri de Lubac– «el carácter al mismo tiempo social, histórico e interior del cristianismo... aquel carácter de universalidad y de totalidad...». «Homo catholicus et totus apostolicus», pero también muy humano, hombre entre los hombres y las mujeres. 
 
[Andrea Riccardi]
 
[Traducción de la redacción]